jueves, 15 de octubre de 2009

LITERATURA INGLESA



Literatura inglesa


1.

Introducción

Literatura inglesa, literatura producida en Inglaterra, desde la introducción del inglés antiguo por los anglosajones en el siglo V hasta la actualidad. La obra de los escritores irlandeses y escoceses que se identifican estrechamente con la vida y las letras inglesas también se considera parte de la literatura inglesa. Para otros escritores irlandeses y escoceses, véase Literatura irlandesa; Literatura escocesa. Para otras literaturas en inglés, véase Literatura estadounidense; Literatura australiana; Literatura canadiense. 







2.

Inglés antiguo o era anglosajona
Este periodo se extiende desde aproximadamente el 450 hasta 1066, el año de la conquista normanda de Inglaterra. Las tribus germánicas de Europa que invadieron Inglaterra en el siglo V, después de la derrota romana, trajeron con ellas el inglés antiguo o lengua anglosajona, que constituye la base del inglés moderno (véase Lengua inglesa). También aportaron una tradición poética específica cuyas características formales pervivieron asombrosamente hasta su derrota por parte de los invasores franco-normandos seis siglos más tarde.
La mayor parte de la poesía en inglés antiguo probablemente fuera compuesta para ser cantada, con acompañamiento de arpa, por el bardo. Audaz e intensa con frecuencia, pero también melancólica y elegíaca en espíritu, esta poesía insiste en la tristeza y futilidad de la vida, y en la indefensión de los humanos ante el poder del destino. Casi toda ella está compuesta sin rima, a partir de cuatro sílabas acentuadas que alternan con un número indeterminado sin acentuar (véase Versificación). Otra característica formal de la poesía en inglés antiguo es la aliteración estructural, o uso de sílabas con sonidos similares. Estas cualidades de forma y espíritu aparecen en el poema épico Beowulf, escrito en el siglo VIII. El texto empieza y termina con el funeral de un gran rey, y describe las hazañas de un héroe de la cultura escandinava, Beowulf, que aparece además como salvador del pueblo. Se incorporan fragmentos de otros relatos heroicos que iluminan la acción principal, pero que también contribuyen a la simetría. Otro rasgo del poema es un debilitamiento de la sensación del poder definitivo de un destino arbitrario. La idea cristiana de dependencia respecto a un Dios justo está presente. Rasgo típico, por otra parte, de otras muestras de la literatura de la época, que en su mayor parte fue preservada en los monasterios gracias a la labor de los copistas.
La leyenda y la historia sagrada fueron también el tema de poemas formalmente relacionados con el Beowulf. Es el caso de los sencillos poemas de Caedmon, un hombre humilde de fines del siglo VII, del que el historiador y teólogo Beda el Venerable dijo que había recibido su don poético de Dios. Y también del lenguaje más trabajado de Cynewulf y su escuela.
Aparte de estas composiciones religiosas, los poetas anglosajones produjeron poemas líricos más breves en los que no hay referencias específicas a la doctrina cristiana y que evocan la dureza de las circunstancias y la tristeza de la condición humana.
La prosa en inglés antiguo viene representada por gran número de obras religiosas, entre las que destacan diversas traducciones de obras latinas de Beda el Venerable y de Boecio.
3.

El periodo inglés medio
Se extiende de 1066 a 1485 y se caracteriza por la gran influencia de la literatura francesa en las formas y temas. Desde la conquista normanda de Inglaterra en 1066 hasta el siglo XIV, la lengua francesa remplazó a la inglesa en las composiciones literarias, y el latín mantuvo su categoría de lengua erudita. Hacia el siglo XIV, cuando el inglés volvió a ser utilizado por las clases dirigentes, había sufrido profundas transformaciones y había adquirido la característica que aún posee de incorporar libremente numerosos términos extranjeros, en esta época del latín y del francés.
La literatura del inglés medio de los siglos XIV y XV está mucho más diversificada que la literatura anterior en inglés antiguo. Influyen elementos italianos y franceses, y se mantienen diversos estilos autóctonos, razones que contribuyen a que se creen obras difíciles de clasificar.
Entre los poemas que presentan una cierta continuidad formal con respecto al inglés antiguo, destaca Piers el labrador de William Langland. Se trata de una extensa y apasionada obra estructurada en forma de visiones oníricas que sirven a su autor para presentar una concepción cristiana de la vida y denunciar la situación de los pobres, la avaricia de los ricos y la maldad de todo el mundo. En ciertos aspectos puede ser comparada con otro gran poema construido bajo el molde del sueño alegórico, la Divina Comedia de Dante.
Otro poema visionario, La perla, escrito hacia 1370, también tiene un carácter doctrinal, aunque su tono es más abiertamente artístico.
Un tercer poema aliterativo, supuestamente compuesto por el mismo autor anónimo de La perla, es Sir Gawain y el Caballero Verde (c. 1380), un relato de aventuras caballerescas y amor, influido por las obras francesas del mismo tipo.
1.

Chaucer
Dos poemas no aliterativos forman parte de la obra de Geoffrey Chaucer. Son Troilo y Crésida (c. 1385), el relato del destino fatal de un amor noble que tiene lugar en la Troya de Homero, y El cuento del caballero (c. 1382), que como el anterior, se basa en la obra de Boccaccio. Chaucer también tradujo obras francesas y latinas y, sobre todo, compuso (probablemente después de 1387) los Cuentos de Canterbury. Se trata de una colección de 24 historias narradas por un grupo de peregrinos que se dirigen a la catedral de Canterbury. Caracterizadas por su gran viveza, tocan asuntos que van de la inocencia religiosa a la castidad matrimonial, pasando por la descripción de la hipocresía de los villanos y la volubilidad de las mujeres.
En el siglo XV la poesía siguió influida por Chaucer, pero se puede afirmar que los temas y estilos medievales estaban ya agotados. Destaca la obra de Thomas Malory, La muerte de Arturo (1469-1470), que trasladaba la tradición de las novelas artúricas de origen francés a una prosa inglesa de sobresaliente vitalidad.
4.

El renacimiento
En 1485 dio comienzo una edad de oro de la literatura inglesa que duró hasta 1660. A partir de la introducción de la imprenta, en 1476, el número de lectores se multiplicó. El aumento de la clase media, el desarrollo del comercio, la difusión de la educación entre los laicos y no sólo los clérigos, la centralización del poder y de la intensa vida intelectual en la corte de los Tudor y los Estuardo, fueron elementos que favorecieron un nuevo ímpetu en la literatura. La nueva literatura, sin embargo, no florecerá del todo hasta 1550, durante el reinado de Isabel I.
La aportación inglesa al movimiento europeo conocido como humanismo también pertenece a este periodo. El humanismo, que fomenta el estudio de los autores de la antigüedad clásica, favoreció la aparición de un estilo en el que se recreaban los moldes de la misma. La riqueza y profusión metafórica debe mucho a la fuerza educadora de este movimiento. La figura de Tomás Moro sobresale entre los humanistas ingleses por su obra escrita en latín Utopía (1516).
1.

Poesía del renacimiento
La poesía de comienzos del siglo XVI por lo general es menos importante, a excepción de la obra de John Skelton, que ofrece una curiosa combinación de influencias medievales y renacentistas. Los dos grandes innovadores de la poesía renacentista del último cuarto del siglo XVI son Philip Sidney y Edmund Spenser.
Sidney, considerado como el modelo de gentilhombre renacentista, es el iniciador de la moda del soneto con su Atrophel y Stella (c. 1582). Escrita con un estilo metafórico de influencia italiana, en esta obra celebra el ideal de feminidad al modo platónico. Sidney introduce también la idealización del sujeto amado, tema surgido tanto del platonismo como del ideal caballeresco del amor cortés, que seguirá imponiéndose en gran parte de la poesía y el teatro de fines del siglo XVI.
Pero el mayor monumento a ese idealismo es la obra incompleta La reina de las hadas (publicada con sucesivos añadidos entre 1590 y 1609), de Spenser. En los seis libros que pudo completar el autor presenta las virtudes caballerescas; a lo largo del poema aparecen además la figura de Arthur, el perfecto caballero que aglutina todas las virtudes, y Gloriana, la representación del ideal de feminidad y encarnación de la reina Isabel. Spenser trató de crear, a partir de elementos heredados de los ciclos artúricos y de la épica medieval, una obra que elevara la literatura nacional inglesa a la altura de la de la antigüedad griega y romana, y de la de la Italia renacentista.
Otras dos tendencias poéticas comenzaron a mostrarse a fines del siglo XVI y comienzos del XVII. La primera está representada por la poesía de John Donne y de los demás poetas llamados metafísicos, que llevaron el estilo metafórico a cumbres casi inalcanzables de complejidad e ingenio. Entre los seguidores de Donne estuvieron George Herbert, Henry Vaughan y Richard Crashaw. Andrew Marvell escribió poesía metafísica de gran fuerza.
La segunda tendencia poética fue una reacción al estilo exuberante de Spenser y a las audacias metafóricas de los metafísicos. Ben Jonson y su escuela, con una pureza y contención clásicas, son los principales representantes. Influyeron en figuras posteriores como Robert Herrick.
El último gran poeta del renacimiento inglés fue John Milton, que hizo frente con mayor madurez que Spenser a la tarea de escribir una épica inglesa. Para ello se basó en la tradición cristiana y bíblica y, con gran sencillez y capacidad poética, narró en Paraíso perdido (1667) las maquinaciones de Satán que llevaron a la caída de Adán y Eva. Sus otros poemas, como Paraíso recuperado (1671), también revelan una asombrosa fuerza poética bajo el control de una mente profunda.
2.

Teatro y prosa renacentista
Aunque la poesía renacentista vivió un periodo de auge, fue el drama el que disfrutó de mayor estima. La obra de su mayor representante, William Shakespeare, ha recibido reconocimiento universal. Anteriormente había existido el drama religioso, pero el teatro renacentista superó esa tradición medieval y, hacia 1580, se representaron comedias y tragedias escritas en un verso elaborado bajo la influencia de los ejemplos clásicos. El gusto popular exigía un sensacionalismo lejano del espíritu de la literatura griega y romana. Sólo Séneca sirvió de modelo a una tragedia popular de sangre y venganza, Tragedia española (1586) de Thomas Kyd. Unos años después, Christopher Marlowe inició la tradición de la crónica del destino fatal de reyes y potentados. La trágica historia del doctor Fausto (1604) y El judío de Malta (1633), sus obras más conocidas, están ya escritas en un estilo que en algunos aspectos se puede comparar al de Shakespeare.
En lo que se refiere a prosa, brilla especialmente la gran traducción de la Biblia, llamada Biblia del rey Jaime, o Versión autorizada, que se publicó en 1611 y supuso la culminación de dos siglos de esfuerzos por conseguir la mejor traducción inglesa de los textos originales. Su vocabulario, imágenes y ritmos han influido en los escritores en inglés de todas las épocas a partir de entonces.
3.

Shakespeare
Tanto la tragedia como la comedia isabelinas alcanzaron su auténtico florecimiento en la obra de Shakespeare. Más allá de su talento, de la riqueza de su estilo y de la complejidad de sus argumentos (en todo lo cual supera a los demás dramaturgos isabelinos), su comprensión del ser humano confiere a su obra una grandeza inmortal y le convierte en la figura más importante de la literatura inglesa. En sus comedias muestra el encanto pero también los aspectos ridículos de la naturaleza humana. Sus grandes tragedias bucean en las profundidades del alma. En sus últimas obras, gracias a la creación de una atmósfera misteriosa y exótica, y a los rápidos cambios entre buena y mala fortuna, anticipa los dramas de la época siguiente. Así se comprueba en la obra de la figura más influyente del teatro inglés de ese periodo, Ben Jonson.
5.

La restauración y el siglo XVIII
Este periodo se extiende desde 1660, año en que el rey Carlos II volvió a ocupar el trono, hasta 1789 aproximadamente. La literatura se caracterizó entonces por la búsqueda de la moderación, el buen gusto y la simplicidad. Los grandes tratados filosóficos y políticos de la época promueven el racionalismo, como demuestra la obra de John Locke, que defendía la experiencia como base exclusiva del conocimiento, o la de David Hume.
En el pensamiento político, la aceptación arbitraria del derecho divino de la monarquía (una creencia popular en el renacimiento) casi sucumbió ante el escepticismo, hasta el punto de que Thomas Hobbes, en su Leviatán (1651), tuvo que defender la idea del absolutismo desde posturas racionalistas.
Tal vez la obra histórica más importante en inglés sea Historia de la decadencia y ruina del Imperio romano (6 volúmenes, 1776-1788), de Edward Gibbon.
Las etapas que atravesó el gusto literario del periodo de la Restauración y del siglo XVIII suelen denominarse a partir de las tres grandes figuras literarias que perpetuaron la tradición clásica en esta época: Dryden, Pope y Johnson.
1.

La época de Dryden
La poesía de John Dryden posee una grandeza, una fuerza y un tono que fueron muy bien recibidos por los lectores, que todavía tenían cosas en común con los isabelinos. Al mismo tiempo, marcó el tono de la nueva época al conseguir una nueva claridad y establecer una limitación de moderación y buen gusto.
Su reputación se apoya básicamente en la sátira, una forma que se convirtió en la dominante de la época. Absalón y Ajitófel (1681-1682) es una de las mejores. Sin embargo, la mayor parte de la obra de Dryden fue para el teatro. Sus tragedias heroicas, como La conquista de Granada (1670), sacrificaban la realidad y la consistencia de los hechos y personajes en favor de argumentos extravagantes presentados con un estilo sobrecargado. Algo que no ocurre con Thomas Otway, cuya obra Venecia preservada (1682), alcanza elevadas cimas de ternura y sensibilidad.
Superior a la tragedia, la comedia de la época se inspira directamente en Ben Jonson, aunque resulta más refinada, si bien con menos fuerza. Critica la ambición de la clase media y las normas sociales con un tono que roza la amoralidad. La reacción contra este tipo de comedias, conocidas como comedias de costumbres, ya se había empezado a producir en el momento en que su mayor exponente, William Congreve, obtenía un gran éxito con Amor por amor (1695).
Al igual que ocurrió con su poesía, la prosa de Dryden sirvió de modelo del género en su época. Aunque de naturaleza diferente, fue notable también la prosa de otras dos importantes figuras del momento, Samuel Pepys y John Bunyan. Pepys escribió un diario que constituye un valioso documento sobre la vida del periodo. Bunyan, por su parte, escribió El peregrino (1678), una narración alegórica sobre los seres humanos y las verdades fundamentales de la vida, la muerte y la religión.
2.

La época de Pope
En la época de Alexander Pope (que se sitúa entre el fallecimiento de Dryden, en 1700, y su propia muerte, en 1744), el espíritu clásico de la literatura inglesa alcanzó su punto de máximo esplendor.
Más que ningún otro poeta inglés, Pope se sometió a la exigencia de que la fuerza expresiva del genio poético sólo se podía manifestar del modo más razonable, lúcido y equilibrado del que fuera capaz la razón humana. Pope no posee la majestuosidad de Dryden, pero su facilidad, armonía y gracia son impresionantes. Su fama también se basa en sus sátiras, pero con frecuencia se inclina al didactismo, como ocurre en su Ensayo sobre la crítica (1711).
Otro gran satírico, pero esta vez en prosa, fue Jonathan Swift, cuya percepción profunda y desesperada de las estupideces y las maldades propias de la naturaleza humana contrasta con la crítica social de sus contemporáneos. En Una modesta proposición (1729) alcanza elevadas cimas de terrible ironía. Los viajes de Gulliver (1726) es su obra más conocida, y en ella hace gala nuevamente de una lucidez y de un dominio de la escritura más que notables.
3.

La época de Johnson
La época de Samuel Johnson, desde 1774 hasta aproximadamente 1784, representa un tiempo de cambios en los ideales literarios. El clasicismo y el conservadurismo literario asociados con Johnson constituyen una reacción frente al culto a los sentimientos que anuncian los precursores del romanticismo. Aunque su poesía es heredera de las tradiciones y formas de Pope, Johnson es más conocido como prosista, conversador extraordinariamente dotado y árbitro literario de la vida cultural urbana de su época, como queda en claro gracias a una de las más famosas biografías inglesas, Vida de Samuel Johnson (1791), de James Boswell.
Johnson salió de la pobreza merced a honradas tareas literarias, como su Diccionario de la lengua inglesa (1755), que fue la primera obra de su estilo en la que se realizaba una labor recopilatoria de acuerdo con las normas lexicográficas modernas. También colaboró asiduamente en los periódicos. Su relato filosófico, Rasselas (1759), recuerda a Swift (y a su contemporáneo francés Voltaire), en su percepción de la vanidad de los deseos humanos. Pero a pesar del pesimismo que le caracteriza, su independencia e integridad intelectual lo sitúan entre los grandes escritores de la época.
El amigo de Johnson, Oliver Goldsmith, realizó una mezcla curiosa entre lo viejo y lo nuevo. Su novela El vicario de Wakefield (1766) comienza con un humor seco, pero pronto pasa a ser un relato lleno de lamentaciones. En su poesía y teatro, Goldsmith mostró simpatía por las clases más bajas de la sociedad.
William Cowper y Thomas Gray cultivaron una sensibilidad reflexiva y una melancolía desconocidas en las generaciones previas. William Blake realizó una obra importantísima que consiste, por una parte, en canciones líricas casi infantiles (Cantos de inocencia, 1789), y por otra en oscuros poemas donde expone una nueva visión mitológica de la vida (El libro de Thel, 1789). Toda la poesía de Blake expresa la negación del ideal de la razón (a la que consideraba destructora de la vida), y defiende la fuerza de los sentimientos, pero de un modo más vital que cualquiera de los otros prerrománticos mencionados.
La novela, sobre todo la novela sentimental, se convierte en un género popular en este periodo. Entre los autores que cultivan este género se encuentra Samuel Richardson, un defensor de los sentimientos sencillos e inocentes. Su novela Clarissa (1747-1748) narra, por medio de cartas que intercambian los personajes, la adversidad a la que se enfrenta una joven inocente destruida por el hombre al que ama. Henry Fielding muestra su relación con el espíritu satírico de autores anteriores y la influencia que ejerció sobre él la lectura de Cervantes, en su novela Joseph Andrews (1742), que parodia otra novela de la virtud asediada, Pamela (1740), de su contemporáneo Richardson. La gran novela de Fielding, Tom Jones (1749), revela un espíritu vigoroso y saludable; es una comedia en la que la fuerza bienintencionada prevalece sobre la hipocresía. Tobias Smollet escribió bastantes novelas de aventuras picarescas. De Laurence Sterne, otro gran novelista inglés de la época, es La vida y opiniones de Tristram Shandy (1759-1767).
6.

Romanticismo
La época romántica inglesa, que se extiende de 1789 a 1837, privilegió la emoción sobre la razón. El culto a la naturaleza, tal y como se entiende en la actualidad, también caracterizó la literatura romántica, así como la primacía de la voluntad individual sobre las normas sociales de conducta, la preferencia por la ilusión de la experiencia inmediata en cuanto opuesta a la experiencia generalizada, y el interés por lo que estaba lejos en el espacio y el tiempo.
La primera manifestación importante del romanticismo fueron las Baladas líricas (1798) de William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge, dos jóvenes que se vieron impulsados a la actividad creadora por la Revolución Francesa, algunos de cuyos ideales fueron la afirmación de la libertad, el espíritu y la unidad sincera de la raza humana. Los poemas de Wordsworth de esta obra abordan temas comunes con una frescura absolutamente nueva. Por otra parte, la principal contribución de Coleridge, el poema “Cantar del viejo marino”, consigue crear con maestría una ilusión de la realidad relatando acontecimientos extraños, exóticos y, evidentemente, irreales. Para Wordsworth el gran argumento siguió siendo el mundo de las cosas simples y naturales, en el campo o entre la gente. Reprodujo la realidad con una mirada que le añadía una grandeza no percibida con anterioridad. Su representación de la naturaleza humana es sencilla pero al mismo tiempo reveladora. En “La abadía de Tintern” o en “Oda sobre los atisbos de inmortalidad”, alcanza momentos sumamente elevados cuando habla de la relación amistosa entre la naturaleza y el alma humana. Su estilo supone un rechazo del inmediato pasado poético, pues condenaba la idea de un lenguaje específicamente poético.
Coleridge, al contrario que Wordsworth, escribió pocos poemas, y sólo durante un periodo de tiempo muy breve. En “Kubla Khan”, la belleza y horror de lo lejano se evocan en un estilo que remite al esplendor y extravagancia del de los isabelinos.
Otro poeta que encontró inspiración en lo lejano fue Walter Scott quien, después de realizar una labor de recopilación de antiguas baladas de su Escocia natal, escribió una serie de poemas narrativos en los que glorificaba las virtudes de la sencilla y vigorosa vida de su país en la edad media, aunque con un estilo que carecía de originalidad. Gracias a ellos fue reconocido por sus contemporáneos mucho antes de que las grandes figuras de Wordsworth y Coleridge quedaran consagradas. Posteriormente escribiría novelas históricas que le valieron su reputación de escritor en prosa.
Los poetas románticos de la segunda generación fueron revolucionarios hasta el final de su carrera, a diferencia de los tres anteriores, que cuando llegaron a una edad madura renunciaron a sus ideales de juventud. Lord Byron es uno de los ejemplos de una personalidad en lucha trágica contra la sociedad. Tanto en su inquieta vida, como en poemas como Las peregrinaciones de Childe Harold (1812) o Don Juan (1819) reveló un espíritu satírico y un realismo social que lo sitúan aparte de los demás poetas románticos.
El otro gran poeta revolucionario de la época, Percy Bysshe Shelley, es autor de una poesía más profunda. En ella expresaba sus dos ideas principales: que el enemigo era la tiranía de gobernantes, las costumbres y las supersticiones, y que la bondad inherente del ser humano eliminaría, antes o después, el mal del mundo y lo elevaría al reino eterno del amor trascendental. Tal vez sea en Prometeo liberado (1820) donde expresa de un modo más completo esas ideas, aunque las cualidades poéticas más evidentes de Shelley (la correspondencia natural entre la estructura métrica y el estado de ánimo del autor, la capacidad para dar forma a abstracciones efectivas, y su idealismo etéreo) se pueden encontrar en la mayoría de sus poemas, como “Oda al viento del oeste”, “A una alondra” y “Adonais”, este último escrito en honor de John Keats, el más joven de los grandes románticos.
La poesía de Keats es, por encima de la de los demás románticos, una respuesta a las impresiones sensoriales desprovista de toda filosofía moral o social. Pero en “La víspera de santa Inés”, “Oda a una urna griega” y “Oda a un ruiseñor”, todos ellos escritos en torno a 1819, hizo gala de una lucidez sin igual con respecto a las sensaciones inmediatas y de una habilidad incomparable para reproducirlas.
Parte de la prosa romántica va en paralelo con la poesía del mismo periodo. La Biografía literaria (1817) de Coleridge supuso un logro fundamental en la exposición de los nuevos principios literarios. Al igual que Charles Lamb y William Hazlitt, Coleridge escribió crítica literaria que ayudó a elevar el valor en que se tenía la obra de los poetas y dramaturgos del renacimiento, que habían estado infravalorados en el siglo XVIII. Un autor fundamental de la prosa romántica es Thomas de Quincey. Con su fantasmagórica y apasionada autobiografía Confesiones de un comedor de opio inglés (1821) consiguió una gran calidad poética.
7.

La era victoriana
La era victoriana, desde la coronación de la reina Victoria, en 1837, hasta su muerte, en 1901, fue una época de transformaciones sociales que obligaron a los escritores a tomar posiciones acerca de las cuestiones más inmediatas. Así, aunque las formas de expresión románticas continuaron dominando la literatura inglesa durante casi todo el siglo, la atención de muchos escritores se dirigió, a veces apasionadamente, a cuestiones como el desarrollo de la democracia inglesa, la educación de las masas, el progreso industrial y la filosofía materialista que éste trajo consigo, y la situación de la clase trabajadora. Por otra parte, el cuestionamiento de determinadas creencias religiosas que llevaban aparejados los nuevos avances científicos, particularmente la teoría de la evolución y el estudio histórico de la Biblia, incitaron a algunos escritores a abandonar asuntos tradicionalmente literarios y a reflexionar sobre cuestiones de fe y verdad.
Los tres poetas más sobresalientes de la era victoriana se ocuparon de cuestiones sociales. Aunque empezó dentro del más puro romanticismo, Alfred Tennyson pronto se interesó por problemas religiosos como el de la fe, el cambio social y el poder político; ejemplo de ello es su elegía In memoriam (1850). Su estilo, así como su conservadurismo típicamente inglés, contrastan con el intelectualismo de Robert Browning. El tercero de estos poetas victorianos, Matthew Arnold, se mantiene aparte de los anteriores porque es un pensador más sutil y equilibrado. Su labor como crítico literario es muy importante y su poesía expone un pesimismo contrarrestado por un fuerte sentido del deber, como ocurre en su poema “Playa de Dover” (1867). Algernon Charles Swinburne se orientó hacia el escapismo esteticista con versos muy musicales pero pálidos en la expresión de emociones. Dante Gabriel Rossetti, y el también poeta y reformador social William Morris, se asocian con el movimiento prerrafaelista, que intenta aplicar a la poesía la reforma que ya se había introducido en la pintura.
La novela se convirtió en la forma literaria dominante durante la época victoriana. El realismo, es decir, la observación aguda de los problemas individuales y las relaciones sociales, fue la tendencia que se impuso, como se puede comprobar en las novelas de Jane Austen, como Orgullo y prejuicio (1813). Las novelas históricas de Walter Scott, de la misma época, como Ivanhoe (1820), tipifican, sin embargo, el espíritu contra el que reaccionaban los realistas. Pero el nuevo espíritu lo dejaron bien a la vista Charles Dickens y William Makepeace Thackeray. Las novelas de Dickens sobre la vida contemporánea, como Oliver Twist (1837) o David Copperfield (1849), demuestran una asombrosa habilidad para recrear personajes increíblemente vivos. Sus retratos de los males sociales y su capacidad para la caricatura y el humor le proporcionaron innumerables lectores y el reconocimiento de la crítica como uno de los grandes novelistas de todos los tiempos. Thackeray, por otro lado, pecó menos de sentimentalismo que Dickens y fue capaz de una gran sutileza en la caracterización, como demuestra en La feria de las vanidades (1847-1948).
Otras notables figuras de la novela victoriana fueron Anthony Trollope y las hermanas Brontë. Emily escribió una de las más grandes novelas de todos los tiempos, Cumbres borrascosas (1847), mientras sus hermanas Charlotte y Anne también escribieron obras memorables. George Eliot es otra destacadísima novelista de la literatura universal, así como George Meredith y Thomas Hardy.
Una segunda generación de novelistas más jóvenes, muchos de los cuales continuaron su obra en el siglo XX, desarrollaron nuevas tendencias. Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling y Joseph Conrad intentaron devolver el espíritu de aventura a la novela, y alcanzaron algunas de las grandes cimas de la narrativa inglesa. Una intensificación del realismo se produjo con Arnold Bennett, John Galsworthy y H. G. Wells.
El mismo espíritu de crítica social inspiró las obras de teatro del irlandés George Bernard Shaw, que hizo más que ningún otro por despertar al teatro de la somnolencia en la que había estado durante el siglo XIX. En una serie de poderosas obras, claramente influenciadas por las últimas teorías sociológicas y económicas, expuso, con enorme habilidad técnica, la estupidez de los individuos y de las estructuras sociales de Inglaterra y del resto del mundo moderno.
8.

La literatura del siglo XX
Dos guerras mundiales, una grave depresión económica y la austeridad de la vida en Gran Bretaña que siguió a la segunda de esas guerras, explican las diversas direcciones que ha seguido la literatura inglesa en el siglo XX. Los valores tradicionales de la civilización occidental, de los que los espíritus victorianos sólo habían empezado a dudar, fueron seriamente cuestionados por muchos de los escritores jóvenes. Las formas literarias tradicionales se dejan con frecuencia de lado, y los escritores buscan otros modos de expresar lo que consideran que son nuevos tipos de experiencia, o experiencias vistas desde nuevas perspectivas.
1.

La narrativa posterior a la I Guerra Mundial
Entre los novelistas y autores de relatos, Aldous Huxley es uno de los que expresan mejor la sensación de desesperanza del periodo posterior a la I Guerra Mundial en Contrapunto (1928), una obra escrita con una técnica que marca una ruptura con respecto a las narraciones realistas previas.
Antes que Huxley, y de hecho antes de la guerra, las novelas de E. M. Forster, como Una habitación con vistas (1908) y Regreso a Howards End (publicada también como La mansión, 1910), habían expuesto el vacío de los intelectuales y las clases altas. Forster proponía un regreso a la sencillez, a los sentidos y a la satisfacción de las necesidades del ser físico. Su novela más famosa, Pasaje a la India (1924), combina estas preocupaciones con un análisis exacto de las diferencias sociales que separaban a las clases dominantes inglesas de los habitantes nativos de la India, demostrando la imposibilidad de la permanencia de un gobierno inglés.
D. H. Lawrence también expuso la necesidad de un regreso a las fuentes primigenias de la vitalidad de la raza. Sus numerosas novelas y relatos, entre las que destacan Hijos y amantes (1913), Mujeres enamoradas (1921) y El amante de lady Chatterley (1928) son mucho más experimentales que las de Forster. El evidente simbolismo de los argumentos de Lawrence y la exposición directa de sus opiniones rompen los lazos con el realismo, que se ve reemplazado por la propia dinámica del espíritu de su autor.
Mucho más experimentales y heterodoxas fueron las novelas del irlandés James Joyce. En su novela Ulises (1922) se centra en los sucesos de un solo día y los relaciona con patrones temáticos basados en la mitología griega. En Finnegans Wake (1939), Joyce va más allá creando todo un vocabulario nuevo a partir de elementos de muchos idiomas para realizar una narración de asuntos de la vida diaria entrelazada con muchos mitos y tradiciones. De algunos de estos experimentos participan las novelas de Virginia Woolf; sus obras La señora Dalloway (1925) y Al faro (1927) expresan la complejidad y evanescencia de la vida experimentada a cada momento. Ivy Compton-Burnett atrajo a menos lectores con sus originales disecciones de las relaciones familiares, elaboradas casi siempre a base de escuetos diálogos, como ocurre con Hermanos y hermanas (1929) y Padres e hijos (1941).
Evelyn Waugh, como Huxley, trazó una sátira de las debilidades sociales en la mayoría de sus obras, como Los seres queridos (1948). Graham Greene, convertido al catolicismo (como Waugh), investigó el problema del mal en la vida humana; es el caso de sus obras Un caso acabado (1961) o Los comediantes (1966). La celebridad de George Orwell le viene de dos novelas, una alegórica, Rebelión en la granja (1945), y una mordiente sátira, 1984 (1949), ambas dirigidas contra los peligros del totalitarismo.
2.

La narrativa posterior a la II Guerra Mundial
Después de la II Guerra Mundial han aparecido pocas tendencias claramente distinguibles en la narrativa inglesa, al margen de los llamados “jóvenes airados” de las décadas de 1950 y 1960. Este grupo, que incluye a los novelistas Kingsley Amis, John Wain, Alan Sillitoe y John Braine, fustiga los valores caducos de la vieja Inglaterra. Iris Murdoch realizó un análisis cómico de la vida contemporánea en sus muchas novelas, como Bajo la red (1954), El príncipe negro (1973) o El buen aprendiz (1986).
Anthony Burgess, profundo escritor, se hizo famoso por su novela sobre la violencia juvenil, La naranja mecánica (1962), y John Le Carré ganó gran popularidad por su ingeniosas y complejas novelas de espionaje, como El espía que surgió del frío (1963) o La casa Rusia (1989). William Golding explora el mal del ser humano en la alegórica El señor de las moscas (1954), y obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1983. Durante la década de 1960 el realismo social de escritores como Amis, Braine y Alan Sillitoe, con su énfasis en el restrictivo provincianismo inglés, dio paso a influencias más internacionales. V. S. Pritchett y Doris Lessing, desde posturas muy distintas, obtuvieron el reconocimiento de los lectores. Lessing destacó por novelas en las que se ocupa del papel de la mujer en la sociedad actual, como ocurre en El cuaderno dorado (1962). Debe subrayarse también el humor negro altamente estilizado de escritores como Angus Wilson y Muriel Spark.
El género negro es una moda dominante en gran parte de la narrativa de la década de 1980 que, además, se centra en la creciente ambición de los desclasados y en el implacable individualismo capitalista. Martin Amis escribe con un coloquialismo que remite a los novelistas estadounidenses, y produce salvajes sátiras, como Dinero (1984) o Campos de Londres (1989). Ian McEwan es el autor de una serie de relatos y novelas muy interesantes que se ocupan de momentos de extrema crisis con un inquietante vigor que le convierte en el mejor escritor de los de su generación. Ha habido también un surgimiento de escritores poscoloniales, que revitalizaron la novela con nuevas perspectivas y argumentos. V. S. Naipaul, Nadine Gordimer, una escritora sudafricana que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1991 y Ruth Prawer Jhabvala, se han aproximado inteligentemente al colonialismo y a sus consecuencias desde perspectivas muy diversas. Salman Rushdie, que ha echado abajo las distinciones entre británicos y no británicos, cultiva la sátira política y ridiculiza los nacionalismos de los países sobre los que ha escrito. Utiliza la técnica del realismo mágico, lo mismo que hizo Angela Carter, que adaptó el estilo a objetivos feministas. Kazuo Ishiguro, nacido en Japón, ha escrito, entre otras novelas, Los restos del día (1989) donde retrata a un mayordomo inglés.
Otros escritores importantes son Peter Ackroyd, David Lodge y Malcolm Bradbury, junto a escritoras como A. S. Byatt y Jeanette Winterson.
3.

La poesía moderna
Dos de los más destacados poetas del periodo moderno combinaron tradición y experimento en su obra. El escritor irlandés William Butler Yeats fue el más tradicional. En su poesía romántica, escrita antes del cambio de siglo, explotó antiguas tradiciones irlandesas, y luego desarrolló una expresión poética honesta, profunda y rica en su madurez con La torre (1928), entre otras importantes colecciones de poemas. El segundo poeta fue T. S. Eliot, nacido en Estados Unidos, consiguió la consagración inmediata con Tierra baldía (1922), el poema más famoso de comienzos de siglo. Por medio de un conjunto de asociaciones simbólicas de acontecimientos legendarios e históricos, Eliot expresa su desesperación sobre la esterilidad de la vida moderna. Su movimiento hacia la fe religiosa le llevó a la escritura de Cuatro cuartetos (1943), donde combina una dicción coloquial con una literaria; las complejas yuxtaposiciones poéticas le emparentan con poetas como John Donne. Obtuvo el premio Nobel en 1948.
De los muchos poetas que escribieron poemas teñidos de pesimismo a causa de la I Guerra Mundial, Siegfried Sassoon, Wilfred Owen y Robert Graves se cuentan entre los más importantes. La habilidad de Graves para producir una poesía pura y clásicamente perfecta hizo que su celebridad continuase mucho después de la II Guerra Mundial. Sus novelas históricas como Yo, Claudio (1934) también contribuyeron a mantener su popularidad. Los poemas de Edith Sitwell, que expresaban un individualismo aristocrático, fueron publicados durante la I Guerra Mundial. Pero sus poemas más conmovedores aparecieron después de la II Guerra Mundial, como El cántico del sol (1949).
De la siguiente generación de poetas llevados por la conciencia popular y las agitaciones sociales de la década de 1930, los más conocidos son W. H. Auden, Stephen Spender y C. Day Lewis. El experimentalismo continuó siendo una característica importante en la poesía, como las metáforas exuberantes del escritor galés Dylan Thomas, cuyo amor casi de carácter místico por la vida y su comprensión de la muerte quedan expuestos en algunos de los poemas más hermosos de mediados de siglo. Después de la muerte de Thomas, en 1953, emergió una nueva generación de poetas, entre los que se cuentan D. J. Enright, Philip Larkin y Thom Gunn.
Los poetas que constituyeron el llamado “el movimiento”, determinados a reintroducir el formalismo y cierto antirromanticismo en la poesía contemporánea, fueron Peter Porter, Alan Brownjohn y George MacBeth, entre otros. Ted Hughes, cuya poesía es famosa por la presentación de la naturaleza salvaje, se convirtió en uno de los poetas más famosos de Inglaterra y se le nombró poeta laureado en 1984, después de la muerte de John Betjeman. La década de 1960 vio también la emergencia de una poesía más popular influida por el jazz y la generación Beat estadounidense. Los poetas más destacados de este grupo son Adrian Henri, Roger McGough y Brian Patten.
En la década de 1970 surgió un número significativo de poetas en Irlanda del Norte, entre ellos Seamus Heaney, que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1995, y Tom Paulin. También hubo bastantes voces femeninas: Carol Ann Dufy, Jackie Kay y Liz Lochhead.
4.

El teatro moderno
Aparte de las últimas obras de George Bernad Shaw, el teatro más importante en inglés del primer cuarto del siglo XX lo escribió otro irlandés, Sean O'Casey. Otros dramaturgos del periodo fueron James Matthew Barrie y Noel Coward. En la década de 1960, con los llamados 'jóvenes airados', se inició una nueva fuerza en el teatro inglés. Destacan entre ellos John Osborne, Arnold Wesker, Shelagh Delaney y John Arden, que centraron su atención en las clases trabajadoras, retratando la monotonía, mediocridad e injusticia de sus vidas. Aunque Harold Pinter y el irlandés Brendan Behan escribieron también obras que se desarrollaban en ambientes de clase trabajadora, se mantienen al margen de los jóvenes airados. Fuera de cualquier tendencia, el novelista y dramaturgo irlandés, residente en Francia, Samuel Beckett, que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1969, escribió obras lacónicas y simbólicas en francés y las tradujo al inglés, como la obra de teatro Esperando a Godot (1952) y la novela Cómo es (1964).



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